Insights · Infraestructura Hídrica

Desalinización en el Caribe colombiano: por qué el mercado existe y qué falta para aprovecharlo

Durante años, la desalinización ocupó en Colombia el lugar de las alternativas que se mencionan pero no se evalúan: costosa, energéticamente intensiva y apropiada para países que no tienen otra opción. Esa percepción tuvo sentido en algún momento. Hoy es simplemente incorrecta.

En las últimas tres décadas, la desalinización por ósmosis inversa atravesó una transformación técnica y económica sin precedentes. El consumo energético bajó de más de 10 kWh por metro cúbico a entre 3 y 4 kWh en plantas modernas. Los costos de producción, que superaban los 3 dólares por metro cúbico en los años noventa, se ubican hoy entre 0,50 y 1,50 dólares en proyectos bien estructurados. La capacidad instalada global supera los 100 millones de metros cúbicos diarios, distribuidos en más de 20.000 plantas que operan como infraestructura ordinaria en ciudades, zonas industriales y territorios insulares de todos los continentes.

No se trata de una tecnología experimental ni de nicho. Es infraestructura de seguridad hídrica probada, con mercados maduros, cadenas de suministro consolidadas y un historial de operación que permite evaluarla con datos reales, no con supuestos. El argumento técnico en contra ya no existe. Lo que persiste es otro tipo de resistencia: la de incorporar una conversación incómoda a la política hídrica colombiana.

Lo que el mundo aprendió por las malas

La madurez tecnológica no garantiza buenos proyectos. La expansión global de la desalinización dejó también un registro de errores que Colombia haría bien en leer antes de actuar, no después.

El primero es el sobredimensionamiento. Varias plantas fueron diseñadas para demandas proyectadas que no se materializaron, o sin integración real con los sistemas de distribución existentes. El resultado fue infraestructura cara operando por debajo de su capacidad, con tarifas que absorbieron los costos fijos de una planta subutilizada. El error no fue construir; fue construir sin anclar la decisión a una estrategia de demanda verificada.

El segundo error fue subestimar la energía. El costo eléctrico representa entre el 30 y el 50 por ciento del costo operativo total en la mayoría de los sistemas de ósmosis inversa. Donde no se aseguraron contratos de largo plazo o fuentes renovables integradas desde el diseño, la viabilidad financiera se volvió dependiente de variables que el operador no controla.

El tercero fue tratar la salmuera como un detalle técnico menor. Su gestión requiere modelación oceanográfica, diseño de difusores y monitoreo continuo. Donde estos elementos se improvisaron o se dejaron para después, surgieron conflictos ambientales que terminaron erosionando la legitimidad de proyectos que técnicamente funcionaban.

El cuarto error, quizás el más relevante para Colombia, fue construir plantas como soluciones aisladas. La desalinización no reemplaza la reducción de pérdidas, ni la gestión de demanda, ni el reúso. Cuando se trató como sustituto en lugar de complemento, generó tensiones innecesarias dentro de sistemas que ya tenían problemas estructurales sin resolver.

Ninguno de estos errores es inevitable. Todos son prevenibles con diseño institucional adecuado y decisiones tomadas antes de la crisis, no durante ella.

El territorio que justifica la conversación

Colombia no tiene escasez estructural de agua a escala nacional. Tiene algo más difícil de resolver: una distribución profundamente desigual, territorios donde la variabilidad climática no es un escenario futuro sino una condición permanente, y sistemas de abastecimiento diseñados para un clima que ya no existe.

En ese mapa, el Caribe colombiano ocupa un lugar que no admite evasivas.

La Guajira es el caso más documentado y el menos atendido. La península tiene índices de aridez entre los más altos del país, fuentes superficiales escasas y estacionales, y una dependencia histórica de jagüeyes y soluciones de emergencia que no han resuelto el problema de fondo. En un territorio con mar en tres costados y radiación solar entre las más altas de América del Sur, la solución sigue siendo buscar el agua tierra adentro.

Santa Marta ilustra una vulnerabilidad distinta: la de un sistema urbano que funciona, pero de manera frágil. La ciudad depende de fuentes superficiales con caudal limitado, alta presión demográfica y sensibilidad directa a los ciclos de sequía. Cada fenómeno del Niño convierte lo que debería ser un problema de gestión ordinaria en una emergencia de abastecimiento.

El Golfo de Morrosquillo representa una tercera lógica: la de la demanda industrial y energética creciente en una zona costera con sistemas de abastecimiento que no fueron diseñados para soportarla. La expansión portuaria, los proyectos de infraestructura energética y el crecimiento urbano de la subregión están generando presiones sobre fuentes que ya operan al límite.

El patrón es el mismo en los tres casos: territorios costeros con acceso directo al mar, potencial solar significativo y demanda creciente, cuya respuesta hídrica estructural siempre mira hacia adentro del continente. Trasvases y derivaciones de largo alcance no son soluciones incorrectas por definición, pero tienen en común que trasladan la dependencia en lugar de reducirla.

Esa recurrencia no es una coincidencia geográfica. Es el síntoma de una política hídrica que no ha incorporado el mar como parte del portafolio de soluciones posibles.

Los obstáculos que quedan no son técnicos

Si la tecnología es madura y el territorio justifica la conversación, los obstáculos que quedan son de otro orden: energético, tarifario y contractual.

El primero es energético. En el Caribe colombiano, esa conversación no puede separarse del contexto energético regional: tarifas entre las más altas del país, una red de distribución con problemas estructurales de calidad y continuidad, y un potencial solar que sigue siendo más promesa que realidad en términos de integración efectiva a proyectos de infraestructura hídrica. La integración con fuentes renovables no es un complemento deseable: es una condición de viabilidad.

El segundo es tarifario e institucional. El agua producida por desalinización tiene un costo real que los esquemas tarifarios colombianos no siempre están diseñados para reflejar. Esto no significa que la desalinización sea incompatible con el marco regulatorio colombiano, sino que ese marco requiere una discusión explícita sobre cómo incorporar fuentes no convencionales con estructuras de costo distintas a las tradicionales.

El tercero es contractual. La asignación de riesgos entre el Estado, el operador y los usuarios debe definirse con precisión antes de estructurar el proyecto, no durante su ejecución. Los riesgos energéticos, de demanda y de variación de costos operativos no desaparecen: se distribuyen. Cómo se distribuyan determinará si el proyecto es sostenible o si termina generando pasivos que el Estado absorbe en silencio.

Ninguno de estos obstáculos es irresoluble. Pero todos requieren decisiones que hoy no están tomadas, y que difícilmente se tomarán si la desalinización sigue apareciendo en la agenda pública solo cuando una ciudad entra en emergencia.

Una conversación que no puede seguir esperando la crisis

Colombia tiene costas, tiene sol y tiene territorios con décadas de vulnerabilidad hídrica documentada. Lo que no ha tenido es una política que incorpore el mar como parte de la respuesta.

La desalinización no es la solución universal ni el reemplazo de nada. Es una fuente que diversifica el portafolio hídrico y ofrece una confiabilidad que los sistemas convencionales no pueden garantizar frente a la variabilidad climática que ya está ocurriendo. Su valor no está en reemplazar el río Magdalena, el Sinú o el Ranchería. Está en que no depende de ellos.

Incorporarla al debate exige evaluar con rigor, en el territorio correcto y con los instrumentos adecuados. El país ya sabe lo que cuesta posponer esas decisiones. En La Guajira, en Santa Marta y en el Golfo de Morrosquillo, esa demora no es una abstracción de política pública. Es agua que no llega.

Coveñas, en el Golfo de Morrosquillo, es el primer proyecto estructurado que responde a esta lógica en la región: una planta SWRO de 5.000 m³/día integrada con 5 MWp solar BTM, diseñada bajo estándares bancables y estructurada como activo de inversión institucional.

Aníbal Pérez García es ingeniero civil con maestría en hidrosistemas y doctorado en geociencias (Universidad de Tübingen). Ha sido viceministro de Agua, director ejecutivo del Fondo para la Vida y la Biodiversidad y director de Vivienda y Desarrollo Urbano en Findeter. Ha asesorado proyectos con el PNUD, el BID y el Fondo Verde del Clima. Es fundador y director general de APG Water & Climate. Publica análisis de política pública en Razón Pública.

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Insights · Water Infrastructure

Desalination on Colombia's Caribbean Coast: why the market exists and what's missing to capture it

APG Water & Climate

For years, desalination occupied a familiar place in Colombia's policy debates — mentioned but never seriously evaluated: too expensive, too energy-intensive, and suitable only for countries with no other option. That perception made sense at some point. Today it is simply incorrect.

Over the past three decades, reverse osmosis desalination underwent an unprecedented technical and economic transformation. Energy consumption dropped from over 10 kWh per cubic meter to between 3 and 4 kWh in modern plants. Production costs, which exceeded $3 per cubic meter in the 1990s, now range between $0.50 and $1.50 in well-structured projects. Global installed capacity surpasses 100 million cubic meters per day, distributed across more than 20,000 plants operating as ordinary infrastructure in cities, industrial zones, and island territories across every continent.

This is not an experimental or niche technology. It is proven water security infrastructure, with mature markets, consolidated supply chains, and an operational track record that allows it to be assessed on real data, not assumptions. The technical argument against it no longer exists. What persists is a different kind of resistance: the reluctance to bring an uncomfortable conversation into Colombian water policy.

What the world learned the hard way

Technological maturity does not guarantee good projects. The global expansion of desalination also left a record of failures that Colombia would do well to study before acting, not after.

The first is oversizing. Several plants were designed for projected demand that never materialized, or without real integration into existing distribution systems. The result was expensive infrastructure operating below capacity, with tariffs absorbing the fixed costs of an underutilized plant. The mistake was not building — it was building without anchoring the decision to a verified demand strategy.

The second error was underestimating energy. Electricity costs represent between 30 and 50 percent of total operating costs in most reverse osmosis systems. Where long-term contracts or integrated renewable sources were not secured from the design phase, financial viability became dependent on variables the operator cannot control.

The third was treating brine as a minor technical detail. Its management requires oceanographic modeling, diffuser design, and continuous monitoring. Where these elements were improvised or deferred, environmental conflicts emerged that ultimately eroded the legitimacy of projects that technically worked.

The fourth error, perhaps the most relevant for Colombia, was building plants as isolated solutions. Desalination does not replace loss reduction, demand management, or reuse. When treated as a substitute rather than a complement, it generated unnecessary tensions within systems that already had unresolved structural problems.

None of these errors are inevitable. All are preventable with adequate institutional design and decisions made before the crisis, not during it.

The territory that justifies the conversation

Colombia does not face structural water scarcity at a national scale. It faces something harder to resolve: a profoundly unequal distribution, territories where climate variability is not a future scenario but a permanent condition, and supply systems designed for a climate that no longer exists.

On that map, the Colombian Caribbean occupies a place that admits no evasion.

La Guajira is the most documented and least addressed case. The peninsula has aridity indices among the highest in the country, scarce and seasonal surface sources, and a historical dependence on jagüeyes and emergency solutions that have not resolved the underlying problem. In a territory with sea on three sides and solar radiation among the highest in South America, the structural solution still looks inland.

Santa Marta illustrates a different vulnerability: that of an urban system that functions, but fragilely. The city depends on surface sources with limited flow, high demographic pressure, and direct sensitivity to drought cycles. Every El Niño event turns what should be an ordinary management problem into a supply emergency.

The Gulf of Morrosquillo represents a third logic: growing industrial and energy demand in a coastal zone with supply systems not designed to support it. Port expansion, energy infrastructure projects, and urban growth in the sub-region are generating pressure on sources already operating at their limits.

The pattern is the same in all three cases: coastal territories with direct sea access, significant solar potential, and growing demand, whose structural water response always looks inland. Long-distance transfers are not inherently wrong, but they share the characteristic of relocating dependence rather than reducing it.

The remaining obstacles are not technical

If the technology is mature and the territory justifies the conversation, the remaining obstacles are of a different order: energetic, tariff-related, and contractual.

The first is energy. In the Colombian Caribbean, this conversation cannot be separated from the regional energy context: tariffs among the highest in the country, a distribution network with structural quality and continuity problems, and solar potential that remains more promise than reality in terms of effective integration into water infrastructure projects. Integration with renewable sources is not a desirable complement — it is a viability condition.

The second is tariff and institutional. Water produced by desalination has a real cost that Colombian tariff structures are not always designed to reflect. This does not mean desalination is incompatible with Colombia's regulatory framework — it means that framework requires an explicit discussion about how to incorporate unconventional sources with cost structures different from traditional ones.

The third is contractual. Risk allocation between the state, the operator, and users must be defined precisely before structuring the project, not during execution. Energy, demand, and operating cost variation risks do not disappear — they are distributed. How they are distributed will determine whether the project is sustainable or generates liabilities that the state absorbs in silence.

A conversation that cannot keep waiting for the crisis

Colombia has coastlines, sun, and territories with decades of documented water vulnerability. What it has not had is a policy that incorporates the sea as part of the response.

Desalination is not the universal solution or a replacement for anything. It is a source that diversifies the water portfolio and offers a reliability that conventional systems cannot guarantee in the face of the climate variability already occurring. Its value is not in replacing the Magdalena, Sinú, or Ranchería rivers. It is in not depending on them.

Incorporating it into the debate requires rigorous evaluation, in the right territory, with the right instruments. Colombia already knows what it costs to postpone these decisions. In La Guajira, Santa Marta, and the Gulf of Morrosquillo, that delay is not a public policy abstraction. It is water that does not arrive.

Coveñas, in the Gulf of Morrosquillo, is the first structured project responding to this logic in the region: a 5,000 m³/day SWRO plant integrated with 5 MWp BTM solar, designed to bankable standards and structured as an institutional investment asset.

Aníbal Pérez García is a civil engineer with a master's degree in hydrosystems and a PhD in geosciences (University of Tübingen). He has served as Deputy Minister of Water, Executive Director of the Fund for Life and Biodiversity, and Director of Housing and Urban Development at Findeter. He has advised projects with UNDP, IDB, and the Green Climate Fund. He is the founder and Managing Director of APG Water & Climate. He publishes public policy analysis in Razón Pública.

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