Insights · Solar · Restauración · Bioeconomía

El suelo que genera energía, captura carbono y produce: la plataforma de inversión integrada que Sucre y Córdoba ya pueden estructurar

La Costa Caribe colombiana recibe radiación solar por encima de 5,5 kWh/m² diarios durante todo el año, sin estacionalidad marcada. Eso no es un dato de contexto: es el insumo físico de una plataforma de inversión. La pregunta relevante para un fondo climático no es si Colombia tiene potencial solar —eso está documentado, licenciado y en operación desde hace años—, sino si ese recurso puede estructurarse como un activo que genere simultáneamente retornos energéticos, flujos de carbono certificados y bioeconomía territorial. La respuesta en Sucre y Córdoba es sí, y la arquitectura para lograrlo ya existe en piezas separadas. Lo que se propone aquí es ensamblarlas.

Un activo que genera tres flujos sobre el mismo territorio

El modelo convencional de inversión solar en Colombia opera con una lógica de flujo único: se genera electricidad, se vende mediante PPA o se inyecta al SIN, y el retorno depende del precio del kilovatio hora. Ese modelo funciona y se está escalando — el país pasó de cuatro mini-granjas solares en 2023 a más de setenta en 2025. Pero para fondos de infraestructura climática con mandatos de adicionalidad y co-beneficios verificables, un activo de flujo único en energía tiene un perfil de riesgo-retorno que compite directamente con proyectos solares en mercados más maduros y más baratos de desarrollar.

La tesis que se desarrolla aquí es diferente. En territorios con alta irradiación, extensiones de tierra con uso actual subóptimo y comunidades con capacidad organizativa —condiciones que Sucre y Córdoba cumplen simultáneamente—, el mismo proyecto puede estructurarse para generar tres flujos financieros independientes y complementarios: energía, carbono y biodiversidad, y bioeconomía productiva. La integración de los tres no solo mejora el perfil de retorno; cambia la clase de activo. Deja de ser un proyecto de energía con co-beneficios ambientales secundarios y se convierte en una plataforma de infraestructura climática con múltiples fuentes de ingresos, lo que reduce el riesgo que cualquier DFI percibe en etapa temprana y abre la puerta a instrumentos de financiamiento que un proyecto solar convencional no puede movilizar.

Flujo 1 — Energía como columna vertebral del modelo

El primer flujo es el que le da estructura financiera base al activo. En este modelo, la configuración energética no se optimiza para maximizar capacidad instalada sino para servir demanda local cautiva: agroindustria, sistemas de agua potable, comunidades rurales con tarifas entre las más altas del país. Un sistema BTM —detrás del medidor— anclado en un comprador industrial o en un municipio con contrato de largo plazo genera un flujo de caja predecible desde el año uno, reduce la exposición a la volatilidad del mercado mayorista y le da al activo la bancabilidad básica que los otros dos flujos, por sí solos, todavía no tienen.

Coveñas ilustra esta lógica con precisión: la planta desalinizadora y los paneles solares son componentes físicamente separados —ocupan lotes distintos— pero financieramente integrados en el mismo activo. Los paneles no están sobre la planta; están en un predio adyacente, operando en su configuración óptima sin las restricciones que impondría un arreglo colocado. Esa desagregación espacial es una decisión de diseño: permite que cada componente opere en sus condiciones ideales mientras los flujos financieros se consolidan en un solo vehículo de inversión.

El mismo principio aplica a escala territorial en Sucre y Córdoba. La morfología del suelo, la tenencia y los usos actuales pueden recomendar ubicar el campo solar en un polígono y el corredor de restauración en otro, a distancias que no comprometen la integración del activo pero que permiten diseñar cada componente sin las restricciones que impondría un arreglo forzosamente colocado. Lo que une los componentes no es la proximidad física: es la arquitectura financiera y de gobernanza del vehículo de inversión.

Flujo 2 — Carbono, biodiversidad y bancos de hábitat

El segundo flujo es donde la tesis se aleja con más claridad del modelo convencional y donde reside el mayor potencial de diferenciación para fondos con mandatos de biodiversidad.

Los arreglos fotovoltaicos elevados —paneles sobre estructuras de altura suficiente para permitir vegetación y fauna bajo ellos— crean condiciones microclimáticas específicas: temperatura reducida, humedad relativa mayor, cobertura lumínica diferenciada. Esas condiciones no son un subproducto accidental; son una oportunidad de diseño. Un campo solar estructurado con criterios ecológicos desde la fase de ingeniería puede convertirse en un corredor de conectividad biológica funcional, con especies de flora y fauna seleccionadas para maximizar la provisión de servicios ecosistémicos verificables.

Eso no es restauración decorativa. Es la base técnica de un banco de hábitat: un activo de biodiversidad que genera créditos negociables bajo estándares de biodiversity net gain (BNG) o los marcos de compensación por pérdida de hábitat que exige el IFC Performance Standard 6 a proyectos con impacto sobre ecosistemas sensibles. En el contexto colombiano, donde el mercado de compensaciones ambientales obligatorias está en proceso de formalización y los desarrolladores de infraestructura enfrentan requerimientos de compensación sin una oferta organizada de créditos verificables, un banco de hábitat bien estructurado tiene tanto mercado de cumplimiento regulatorio como mercado voluntario.

El polígono de restauración no necesita ser contiguo al campo solar. Puede ser un predio separado —un manglar degradado en la costa de Sucre, una franja riparia en Córdoba, un corredor entre fragmentos de bosque seco tropical— integrado al mismo vehículo financiero que el componente energético.

El solar le da estabilidad financiera al activo de naturaleza. El activo de naturaleza le da adicionalidad climática y acceso a instrumentos concesionales al solar. Ninguno de los dos, por separado, moviliza lo que los dos juntos pueden movilizar.

Flujo 3 — Bioeconomía y sistemas productivos

El tercer flujo opera en la interfaz entre el campo solar y el territorio productivo que lo rodea. Los arreglos agrovoltaicos —cultivos o sistemas pecuarios integrados espacialmente con los paneles— llevan años en desarrollo experimental en Europa y están comenzando a escalar en Colombia. Los primeros proyectos en el país ya integran cultivos de cucurbitáceas y ganadería menor bajo paneles en superficies de dos hectáreas, con resultados que confirman la compatibilidad técnica entre generación solar y actividad productiva en condiciones de alta radiación.

En Sucre y Córdoba, el portafolio de sistemas productivos compatibles con arreglos agrovoltaicos incluye cultivos con requerimiento de sombra parcial —cacao, algunas variedades de yuca, plantas medicinales—, apicultura —los polinizadores responden positivamente a la diversificación floral bajo paneles—, y ganadería silvopastoril de precisión. La selección de sistemas depende de la tenencia, la organización comunitaria existente y la demanda local o regional para los productos.

El flujo económico de la bioeconomía es el más variable de los tres. Su función en el activo integrado no es ser el componente de mayor retorno: es anclar el activo en el territorio, generar ingresos para las comunidades que custodian la tierra y producir la evidencia de impacto social que los fondos con mandato de doble y triple resultado necesitan demostrar a sus propios comités de inversión.

Por qué Sucre y Córdoba

La elección de estos dos departamentos no es arbitraria ni es solo el resultado de la irradiación. Es el resultado de una combinación de condiciones que pocas subregiones del país ofrecen simultáneamente.

El recurso energético está validado institucionalmente. El Parque Solar Andrómeda, en Toluviejo (Sucre), tiene una potencia pico licenciada de 359 MW — una señal inequívoca de que la autoridad ambiental ya reconoció la viabilidad del recurso a escala institucional en ese territorio.

La estructura de uso del suelo es la que hace posible la plataforma. Sucre y Córdoba concentran extensas áreas de ganadería extensiva de baja productividad, tierras con vocación agrícola subutilizada y corredores de ecosistemas costeros y de transición que están bajo presión pero que conservan masa crítica suficiente para estructurar instrumentos de restauración de escala institucional.

Las tarifas eléctricas regionales le dan al flujo energético un diferencial de valor que un mercado con tarifas competitivas no ofrecería. Un proyecto que le vende energía a precio fijo a un comprador que hoy paga tarifa Afinia tiene un argumento de ahorro verificable desde el día uno.

El riesgo que este modelo debe gestionar —y que la estructuración tiene que resolver antes del cierre financiero— es la fragmentación de la tenencia en algunas zonas y la heterogeneidad de los actores que custodian la tierra. Ese no es un veto al modelo; es el trabajo de estructuración que diferencia a los actores que pueden construir estos activos de los que solo pueden describirlos.

La arquitectura financiera que hace bancable el modelo

Tres cuellos de botella concretos determinan si este modelo llega al cierre financiero o se queda en propuesta.

El primero es la bancabilidad del flujo de carbono. Los mercados voluntarios tienen volatilidad de precio que los modelos DFI no toleran sin un mecanismo de piso. El instrumento que transforma ese flujo en bancable existe —garantías parciales de riesgo, estructuras de prepago de créditos de carbono, coberturas provistas por el GCF o mecanismos de blending— pero requiere que el estructurador del activo lo diseñe desde el inicio, no como un complemento posterior.

El segundo es la verificación de la adicionalidad agrovoltaica y de hábitat. Colombia no tiene todavía un protocolo estandarizado que certifique la adicionalidad productiva y ambiental de un arreglo agrovoltaico integrado con un banco de hábitat. Los estándares internacionales —Verra, Gold Standard, frameworks de BNG— son aplicables, pero implican un costo de certificación y un tiempo de verificación que el modelo financiero debe absorber.

El tercero es la gobernanza del activo multicomponente. Un vehículo de inversión que consolida tres flujos físicamente separados —campo solar en un lote, restauración en otro, sistemas productivos en un tercero— requiere una arquitectura legal y de gobernanza que asigne claramente los derechos, los riesgos y los retornos entre el desarrollador, las comunidades y los financiadores.

Construir esa arquitectura es el trabajo que precede al cierre financiero. En Sucre y Córdoba, ese trabajo está disponible para quien decida hacerlo.

Aníbal Pérez García es ingeniero civil con maestría en hidrosistemas y doctorado en geociencias (Universidad de Tübingen). Ha sido viceministro de Agua, director ejecutivo del Fondo para la Vida y la Biodiversidad y director de Vivienda y Desarrollo Urbano en Findeter. Ha asesorado proyectos con el PNUD, el BID y el Fondo Verde del Clima. Es fundador y director general de APG Water & Climate.

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Insights · Solar · Restoration · Bioeconomy

The land that generates energy, captures carbon and produces: the integrated investment platform Sucre and Córdoba can already structure

Colombia's Caribbean Coast receives solar radiation above 5.5 kWh/m² daily throughout the year, with no marked seasonality. That is not background context: it is the physical input of an investment platform. The relevant question for a climate fund is not whether Colombia has solar potential — that is documented, licensed, and operational — but whether that resource can be structured as an asset that simultaneously generates energy returns, certified carbon flows, and territorial bioeconomy. The answer in Sucre and Córdoba is yes, and the architecture to achieve it already exists in separate pieces. What is proposed here is to assemble them.

An asset that generates three flows over the same territory

The conventional solar investment model in Colombia operates with a single-flow logic: electricity is generated, sold via PPA or injected into the national grid, and the return depends on the kilowatt-hour price. That model works and is scaling — Colombia went from four solar mini-farms in 2023 to over seventy in 2025. But for climate infrastructure funds with additionality mandates and verifiable co-benefits, a single energy-flow asset has a risk-return profile that competes directly with solar projects in more mature and cheaper-to-develop markets.

The thesis developed here is different. In territories with high irradiation, underutilized land, and organized communities — conditions Sucre and Córdoba meet simultaneously — the same project can be structured to generate three independent and complementary financial flows: energy, carbon and biodiversity, and productive bioeconomy. Integrating the three does not only improve the return profile; it changes the asset class. It ceases to be an energy project with secondary environmental co-benefits and becomes a climate infrastructure platform with multiple revenue sources.

Flow 1 — Energy as the financial backbone

The first flow provides the base financial structure for the asset. In this model, the energy configuration is not optimized to maximize installed capacity but to serve captive local demand: agro-industry, water supply systems, rural communities with tariffs among the highest in the country. A BTM system — behind the meter — anchored to an industrial buyer or a municipality with a long-term contract generates predictable cash flow from year one.

Coveñas illustrates this logic precisely: the desalination plant and solar panels are physically separate components — on different plots — but financially integrated in the same asset. The panels are not over the plant; they are on an adjacent site, operating in their optimal configuration. That spatial disaggregation is a design decision: it allows each component to operate under ideal conditions while the financial flows consolidate in a single investment vehicle. The same principle applies at territorial scale in Sucre and Córdoba.

Flow 2 — Carbon, biodiversity, and habitat banks

The second flow is where the thesis departs most clearly from the conventional model and where the greatest differentiation potential lies for funds with biodiversity mandates.

Elevated photovoltaic arrays — panels on structures tall enough to allow vegetation and fauna beneath them — create specific microclimatic conditions: reduced temperature, higher relative humidity, differentiated light coverage. Those conditions are not an accidental byproduct; they are a design opportunity. A solar field structured with ecological criteria from the engineering phase can become a functional biological connectivity corridor, with flora and fauna species selected to maximize the provision of verifiable ecosystem services.

That is not decorative restoration. It is the technical foundation of a habitat bank: a biodiversity asset that generates tradeable credits under biodiversity net gain (BNG) standards or the habitat loss compensation frameworks required by IFC Performance Standard 6. In the Colombian context, where the mandatory environmental compensation market is formalizing and infrastructure developers face compensation requirements without an organized supply of verifiable credits, a well-structured habitat bank has both regulatory compliance and voluntary markets.

The restoration polygon does not need to be adjacent to the solar field. It can be a separate plot — a degraded mangrove on Sucre's coast, a riparian strip in Córdoba, a corridor between dry tropical forest fragments — integrated into the same financial vehicle as the energy component.

Solar gives financial stability to the nature asset. The nature asset gives climate additionality and access to concessional instruments to solar. Neither, separately, mobilizes what both together can mobilize.

Flow 3 — Bioeconomy and productive systems

The third flow operates at the interface between the solar field and the productive territory surrounding it. Agrivoltaic arrangements — crops or livestock systems spatially integrated with panels — have been in experimental development in Europe for years and are beginning to scale in Colombia. The country's first projects already integrate cucurbit cultivation and small livestock under panels, with results confirming technical compatibility between solar generation and productive activity under high-radiation conditions.

In Sucre and Córdoba, the portfolio of productive systems compatible with agrivoltaic arrangements includes crops requiring partial shade — cacao, some yuca varieties, medicinal plants — apiculture, and precision silvopastoral livestock. System selection depends on land tenure, existing community organization, and local or regional product demand.

Why Sucre and Córdoba

The energy resource is institutionally validated. The Andrómeda Solar Park in Toluviejo (Sucre) has a licensed peak capacity of 359 MW — an unequivocal signal that the environmental authority already recognized the resource's viability at institutional scale in that territory.

The land use structure makes the platform possible. Sucre and Córdoba concentrate extensive areas of low-productivity extensive cattle ranching, underutilized agricultural land, and coastal and transition ecosystem corridors that remain under pressure but retain sufficient critical mass for institutional-scale restoration instruments.

Regional electricity tariffs give the energy flow a value differential that a market with competitive tariffs would not offer. A project selling energy at a fixed price to a buyer currently paying Afinia tariffs has a verifiable savings argument from day one.

The financial architecture that makes the model bankable

Three concrete bottlenecks determine whether this model reaches financial close or remains a proposal.

The first is the bankability of the carbon flow. Voluntary markets have price volatility that DFI models do not tolerate without a floor mechanism. The instrument that makes that flow bankable exists — partial risk guarantees, carbon credit prepayment structures, GCF-provided coverage or blending mechanisms — but requires the asset structurer to design it from the start.

The second is verification of agrivoltaic and habitat additionality. Colombia does not yet have a standardized protocol certifying the productive and environmental additionality of an agrivoltaic arrangement integrated with a habitat bank. International standards — Verra, Gold Standard, BNG frameworks — are applicable, but imply certification costs and verification timelines the financial model must absorb.

The third is governance of the multi-component asset. An investment vehicle consolidating three physically separate flows requires a legal and governance architecture that clearly assigns rights, risks, and returns between the developer, communities, and financiers.

Building that architecture is the work that precedes financial close. In Sucre and Córdoba, that work is available for whoever decides to do it.

Aníbal Pérez García is a civil engineer with a master's degree in hydrosystems and a PhD in geosciences (University of Tübingen). He has served as Deputy Minister of Water, Executive Director of the Fund for Life and Biodiversity, and Director of Housing and Urban Development at Findeter. He has advised projects with UNDP, IDB, and the Green Climate Fund. He is the founder and Managing Director of APG Water & Climate.

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